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Curso 2011-2012
Cuento el Principe Feliz


El Príncipe Feliz



Nos cuenta la historia que
un príncipe, vivía en un palacio donde no se permitía la entrada al
sufrimiento. Una altísima pared le impedía ver lo que había al otro lado. Sus
cortesanos lo llamaban el “Príncipe Feliz” y él pensaba que lo era, porque para
él, el placer era la felicidad.



Cuando murió, colocaron
su
estatua en una columna en lo más elevado de la ciudad, desde
donde podía ver toda la miseria y fealdad de su pueblo y desde entonces su
corazón de plomo no hacía sino llorar.



Pero en su vida tan triste irrumpió una pequeña golondrina, que
había abandonado a sus amigas que partieron para Egipto, porque se había
enamorado de un junco. Un desafortunado enamoramiento porque cuando ella le
propuso partir juntos, él se negó, pues estaba muy apegado a su casa.



La golondrinita se refugió a los pies de la estatua del Príncipe
Feliz, para pasar la noche y protegerse del frío, y sintió que le caían gotas.
Pensó que estaba lloviendo hasta que se dio cuenta que era la estatua que
lloraba.



A partir de ese momento, el pajarito se convirtió en su fiel
compañero y mensajero, para que el Príncipe Feliz, (estatua que se erguía
inmóvil e impotente ante el dolor de su pueblo) pudiera ayudar a su gente.
Noche tras noche, el avecilla sobrevolaba la ciudad y le contaba al príncipe lo
que veía. La estatua se iba despojando de su oro para entregárselo a los
pobres, hasta que quedó desnuda.



La golondrina, no soportando la crudeza del invierno, murió
feliz a los pies del príncipe, pero antes la estatua le pidió que lo besara en
los labios y le confesara su amor. El corazón de plomo del príncipe se partió
en dos.



El Alcalde de la ciudad
decidió fundir la estatua porque había perdido su grandeza y parecía un
pordiosero.



Como el corazón de plomo del príncipe no se derretía, decidieron
arrojarlo al montón de basura donde estaba la golondrina muerta.



Dios le encargó a uno de sus ángeles que le trajera las dos
cosas más valiosas de la ciudad y el ángel le llevó el corazón de plomo y el
pájaro muerto.



Dios lo felicitó por su elección y dispuso que el pajarillo
cantara para siempre en el jardín del Paraíso y el Príncipe Feliz ensalzara su
ciudad de oro.

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